¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? No somos
dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podríais
comprarlas a nosotros? Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra
natal cuando se van a caminar por entre las estrellas. Nuestros muertos jamàs
olvidan esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre de piel roja.
Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros...
... Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le
da lo mismo un pedazo de tierra que el otro. La tierra no es su hermano sino su
enemigo. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como si fueran
cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fueran corderos y cuentas
de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras sí sólo un
desierto...
... Nuestra manera de ser es diferente a la vuestra. La vista de
vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizás sea
así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay
ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde
pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el rozar de las alas
de un insecto. Pero quizás sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender
las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar los oídos, ¿y qué clase de vida
es cuando el hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la
discusión nocturna de las ranas alrededor de la laguna? Soy un hombre de piel
roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave sonido del viento que
acaricia el lago y el olor del mismo viendo, purificado por la lluvia del
mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos.
El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las
cosas comparten el mismo aliento... El hombre blanco parece no sentir el aire
que respira. Al igual que el hombre muchos días agonizante, se ha vuelto
insensible al hedor...
Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es
ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros
hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a
vuestros hijos lo que nosotros enseñamos a los nuestros: que la tierra es
nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la
tierra...
Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre,
sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la
vida, es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí
mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos.
Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una
familia.
23 de mayo de 2009
Suwamish
Extracto de la carta escrita por el Jefe Seattle, de la tribu Suwamish en respuesta a la oferta de compra de sus tierras hecha por el presidente Franklin Pierce, hace más de 122 años.
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